Hace unos años conocí en Indonesia a un japonés que me pareció de lo más curioso e interesante. A pesar de su juventud, tenía un aire al Señor Miyagi, pero sin bigote y con pelo negro. Un mini maestro japonés repleto de secretos y conocimiento de la cultura nipona.

El tiempo que estuve en este país resultó más interesante de lo normal, no por la extraordinaria inmersión en la cultura de Indonesia, sino por lo que aprendí de mi amigo Hiroshi. Me contó un relato, que recuerdo con mucho cariño, sobre el poder de la palabra y su importancia para crear realidades.

Curiosamente, me he encontrado con el mismo relato en el último libro que he leído: “Reinventarse: Tu segunda oportunidad” del Dr. Mario Alonso Puig y he decidido compartirlo con vosotros.

El relato es el siguiente:

“Existió un samurai que controlaba perfectamente el arte de la espada pero era muy arrogante y soberbio. Un guerrero que encontraba el sentido de la vida cuando mataba a algún adversario en combate y, por eso, buscaba continuamente ocasiones para desafiar a cualquier ante la más mínima afrenta. Sólo de esta manera el samurai mantenía su porqué existencial y su férrea identidad.

En una ocasión llegó a un pueblo y vio que sus habitantes se dirigían todos en masa a un lugar. Paró a una persona y le preguntó que hacia dónde se dirigía:

  • ¿A dónde vais con tanta prisa?
  • Noble guerrero, -le contestó con temor- vamos a escuchar al maestro Wei.
  • ¿Quién es ese maestro?
  • ¿Cómo es posible que no lo conozcas? El maestro es conocido por miles de personas en nuestra región.

Esto despertó la curiosidad en el samurai y se sintió como un estúpido ante ese aldeano que respetaba tanto a ese maestro obviando su autoridad como gran guerrero samurai. Esto le hizo pensar que su fama sería mayor que la de aquel maestro y siguió a la multitud para ver a ese maestro Wei.

Cuando llegaron se encontraron a un señor mayor, de corta estatura y por el cual el samurai sintió de inmediato un gran desprecio y una ira contenida.

El maestro comenzó a hablar:

  • A lo largo de la historia se han utilizado miles de armas muy poderosas, pero la que yo tengo es letal. El arma que utilizo es la palabra.

Cuando el samurai escuchó tamaña insensatez, alzó la voz y dijo:

  • ¿Cómo te atreves, viejo estúpido, a decir estas tonterías? -Entonces, sacando su catana y moviéndola al viento prosiguió-: Esta sí que es un arma poderosa, y no tus estúpidas palabras.

El maestro, sorprendido, le miró a los ojos y dijo:

  • No me extraña que alguien como tu diga eso. No es complicado ver que eres un bastardo, un bruto sin ningún tipo de formación, un ser sin ninguna clase de luces y un absoluto hijo de perra.

Al oir esto, el samurai entró en cólera y se dirigió hacia el maestro en actitud desafiante.

  • Viejo, despídete de tu vida porque te ha llegado la hora.

Entonces, el maestro cambió su registro facial y comenzó a disculparse:

  • Perdóname, gran señor y guerrero. Sólo a un anciano como yo, con deslices mentales se le ocurre decir tantas tonterías. Con el corazón noble que caracteriza a grandes guerreros como tu, te imploro el perdón a este tonto que en su locura ha podido agraviarte.

El samurai se paró en seco y contestó:

  • Por supuesto que si, noble maestro. Acepto tus disculpas.

Fue entonces cuando el maestro Wei miró a los ojos al samurai y le dijo:

  • Querido amigo, dime: ¿son o no poderosas las palabras?

Ahí lo tenéis, un relato que muestra perfectamente el poder de la palabra. En un periodo muy corto de tiempo, podemos conseguir irritar y tranquilizar según el uso que hagamos de ellas. Con esto os animo a que estudiemos muy bien las palabras que usamos tanto en el ámbito profesional como en el personal.

Debemos tener presente que las palabras no se las lleva el viento y, como dice el Dr. Alonso Puig, crean realidades. De ahí que debemos buscar las palabras adecuadas para ayudar y no para anular.