Es fácil que películas como Matrix Ready Player One (y, salvando las distancias, Los sustitutos) te vinieran a la mente en el momento que Mark Zuckerberg presentó Meta y su nuevo producto estrella. El metaverso, que es como se llama, si bien ya venía fraguándose desde Horizon Workrooms, supone un cambio de paradigma en el consumo del ocio, el teletrabajo, la compra online y otros aspectos del todo sorprendentes.

Por supuesto, esto despierta el interés de algunos y las críticas de otros, amén de suscitar preguntas de todo tipo. Al respecto, debo de decir que tengo una opinión que quiero compartir; pero no estoy redactando esto para sentar cátedra ni dogmatizar, vaya esto por delante.

Lo que sí me gustaría es compartir una reflexión que surge de la información que circula entre los profesionales del marketing. Quiero hablar sobre algo que realmente me preocupa como persona, que es aquello que subyace a toda acción y emoción, independientemente del servicio o producto que se ofrezca o se consuma.

La humanidad, el rasgo que nos hace sentir, no simplemente percibir, a la otra persona y, por ende, aquello que ofrece

El nivel de realismo que se observa en la presentación de Zuckerberg (realismo en cuanto a funcionalidad, me refiero) ofrece una serie de ventajas, sí, por ejemplo, la comunicación en tiempo real con personas al otro lado del globo de una forma más “cercana”.

No obstante, considero que, aunque podamos desarrollar avatares que representen al usuario real detrás de las gafas de realidad virtual, el “calor” que nos hace sentir el trato directo con otro ser humano está muy lejos de generar las emociones que resultan de una interacción real.

Esto no solo creo que pueda suponer un problema en quienes se acostumbren a ese tipo de socialización; sino que, recordando que me dedico al marketing, veo una brecha. La brecha que las marcas deberán salvar para transmitir un mensaje humano, que despierte emociones genuinamente humanas, es terriblemente grande. Lo cual, representa un desafío titánico.

Pensémoslo un momento, a muchas marcas ya les cuesta tocar el hipotálamo de su buyer persona en un mundo tangible; no hablemos ya de un universo formado por bits, el cual suponemos (quizá influenciados por un cine harto distópico que no augura nada bueno, al menos a nivel social) que estará inundado de información impactando constantemente en la frente de los usuarios.

No te lleves a error, no soy un detractor a ultranza del metaverso

Ni mucho menos, veo sus beneficios. Entiendo sus premisas y apoyo su utilidad, dentro de un uso responsable. Pero me muestro escéptico, no puedo evitarlo.

Personalmente, considero que el uso y disfrute del metaverso debe educarse desde la infancia. No me refiero a la educación para aprender a usarlo; de ser así, habría dicho formación.

No, hablo de educación en el uso responsable de una herramienta de estas características. Y recuerdo que esa formación no existe (de forma general) en el uso de los smartphones o Internet. Tenemos aquí otro desafío que es imperativo acometer cuanto antes.

No puedo evitar pensar que, si no limitamos el acceso a esta plataforma a quien esté realmente “madurado” para usarla, la sociedad encaminará sus pasos a crear individuos emocionalmente herméticos con dificultades para desarrollar relaciones sanas en un marco de empatía y, como ya leíste más arriba, humanidad.

 

Abrir el chat